Amo el lugar
donde nací.
Un pequeño pueblito alejado de todo, donde supe ser feliz y valorar
muchas cosas, pese a no tener otras.
Cuando
crecí, la necesidad de progreso me llevó a trasladarme a la ciudad. Y también
amo este lugar. Es maravilloso.
Y en verdad
somos grandes, aunque con pensamiento pequeño.
Nos
conocemos todos pero, en vez de saludarnos, nos hacemos los tontos y miramos
para otro lado. Eso si, cuando nos alejamos seguro que vamos a criticar su
apariencia o su vida completa (si es muy conocido).
Criticamos
para mejorar. Criticamos para empeorar. Criticamos porque nos cegamos.
Criticamos para tener razón.
Hay gente
increíble que realiza grandes cosas y ahí si nos ponemos orgullosos. Pero
cuando no hacen las cosas bien, aunque sea una vez, se lo condena como al peor
de los mortales.
Queremos lo
mejor, porque "somos los mejores". Pero no hacemos nada para
conseguirlo y frustramos a los que trabajan.
Pasan los
años y aún seguimos con las costumbres de siempre: el domingo se da la vueltita
del perro en el auto y se toma mate en la acequia, en la mañana temprano
limpias las veredas llenas de hojas sin quejarte porque sabes que te da sombra
el carolino en la tarde y los chicos siguen jugando en la calle sin importar la
hora.
Es complejo
esto de ser una ciudad-pueblo. Hay mucho que aprender, mucho que aceptar, mucho
por hacer.
Estamos en
un constante aprendizaje que nos hará evolucionar, pero a muy pequeños pasos.
No porque no estemos preparados, sino porque en el fondo, nadie quiere que esto
cambie.

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